viernes, 23 de julio de 2010

NOCHES DE RUIDO



Estuvo toda la noche nevando pero era igual estábamos acostumbrados, mañana, la calle estaría muy bonita y eso me gustaba. Nos levantamos y cada uno se fue a su trabajo y yo al colegio, en casa estábamos mis padres y nosotros dos, (mi hermano Ignacio) como él tenía que trabajar con papá se marcharon juntos.
El día se puso gris como casi siempre en invierno, aunque el colegio era dónde mejor estaba, siempre tenía la mente en mi padre, (como estaría) porque su trabajo era muy especial trabajaba mucho según mi madre.
Eran muy rectas las monjas y yo era muy tímida, no me gustaban muchas de las cosas que veía pero por eso me callaba, por timidez, claro que estudiar era lo primero para mí era……..como un escape a todo lo que mi niñez no entendía y por eso ponía tanto interés en aprender para comprender las cosas, los días se hacían cortos para mí necesitaba más, mucho más, y toda mi atención se centraba en lo que en clase se decía.
Mi mente de niña lo observaba todo, si la gente estaba triste, si mis compañeras eran buenas ó no, en fin para catalogar a la gente creo que servía el buen ojo con que miraba a los demás, era un aprendizaje obligatorio que yo misma me imponía.
Mis padres se llamaban Isabel e Ignacio, y Rosa es mi nombre,
- ¡Mamá! cuando llega papá es muy tarde
- Pronto hija, pronto – siempre contestaba mi madre -
- Pero es que ya es de noche
- Si hija, será que tu padre tiene mucho trabajo, ya vendrá.
Ese ya vendrá, a mí se me escapaba porque siempre me quedaba dormida y solo lo veía al día siguiente, sé que en casa había que trabajar pero ¡¡¡TANTO!!! Mi mente de niña no lo entendía, feliz, feliz, como que no estaba del todo con tanto trabajo, así que decidí
Prestar más atención, no solo a mis compañeras, sino también en casa.
Una noche estábamos cenando cuando sonó el timbre de la puerta, mi padre abrió y empezó a entrar gente, mayores y pequeños, empezaron a hablar con mis padres y el resultado fue el de siempre:
-¿Estáis bien? pues esta noche la pasáis aquí y ya veremos qué podemos hacer mañana.
Ese mañana, a veces era una semana, porque yo siempre veía gente entrar y salir, por eso quería comprender, mi madre era su cómplice, decía es un “santo” pero nuestra casa era la de todas las personas, y teníamos que compartir todo, todo, todo. Ese ejemplo de “PADRE” me marcaría para siempre, mi madre asentía, era una luchadora nata, dulce y amante de su familia al igual que mi padre.
Los domingos solíamos reunirnos todos los niños de la calle y hacíamos excursiones por los alrededores que estaban llenos de árboles frutales, y lo pasábamos muy bien porque “robábamos” los frutos, aunque estuvieran verdes y luego salíamos corriendo como alma que lleva el diablo, si nos encontrábamos con alguna charca, pues a coger ranas (sí se dejaban) y si no pues a casa, ¡cuánto nos divertíamos!
Una noche como de costumbre no venía mi padre, me quedé dormida, pero algo me despertó, sin hacer ruido me asomé por la puerta vi como mi madre recibía a mi padre entre sus brazos y lo acompañaba a su habitación, volví a la cama y seguí durmiendo sin darle importancia. Al día siguiente por la noche pregunté a mi hermano Ignacio si había oído el ruido,
- ¿Ignacio anoche dormiste bien?
- Si, porqué?
- Porque yo escuché un ruido, tú no?
- Rosa cariño, cuando oigas ruidos tú no te preocupes, estamos todos contigo y sabes que no pasa nada
- Verás, es que….papá venía mal porque mamá lo abrazó
- Mira niña guapa, me vas a prometer que dormirás toda la noche con ruidos ó sin ruidos de acuerdo.
- No lo sé –respondí un poco enfadada -
- Claro que lo harás, eres muy inteligente y sabes que tienes que obedecer.
- Prometido, eres mi hermano favorito (claro no tenía otro) pero a él le gustaba que se lo dijera.
Los meses pasaban, los ruidos seguían, y yo obedecía, no tenía más que hacer aparte de estudiar qué era lo que más me gustaba. Llegué al colegio y la Superiora me llamó al despacho (iba muy asustada, hasta encogida) fui y me hizo sentar en la silla,
- Rosa ¿cómo estás?
- Muy bien madre superiora
- Verás, te voy a dar un sobre para tus padres, pero no te preocupes tú te portas bien, sólo que el uniforme hace tiempo que se le debe al colegio y no podemos esperar más, ¿se lo dirás?
- Claro que sí, y por el dinero no se preocupe mi padre trabaja mucho, se lo pagarán.
- De acuerdo, solo quedan unos días, no te olvides de darles el sobre.
- Me puedo ir ya – dije levantándome de la silla -
- Sí, sí, pero baja las escaleras sin correr.
Salí del despacho con las mejillas quemándome y encima avergonzada, ¿pero avergonzada de qué? Se lo preguntaría a mis padres, porque lo de la madre superiora no me gustó nada, pero que nada. Entré en casa con el sobre en las manos, lo entregué y vi como mi madre lo leía preocupada, y dije:
- Qué pasa mamá
- Nada cariño, ves a jugar
Sí, sí, para jugar estaba yo, ¡quien era la madre superiora para poner triste a mi madre!
Llegó la noche, y con ella mi padre, pero esta vez estaba contento, fue un momento muy grande para mi, (esta noche sí que dormiría).
Como había llegado la primavera con todo lo mejor de ella, las flores, los árboles, el verde que se extendía por los campos y montañas preciosas alrededor nuestro, el domingo como siempre lo dedicamos para “hacer travesuras” irnos a los huertos y coger ranas y bichos, yo tenía muchos amigos aunque sé porqué, siempre se jugaba a lo que ellos querían y yo no decía nada, pienso que lo más importante es jugar.
Un día como de costumbre (porque pasó a ser normal) el timbre sonó de nuevo, salí para abrir y eran más de seis personas y preguntaban por mi padre, les hice entrar y de nuevo todos a la mesa a comer, llegó la noche y las camas de duplicaron, unos dormían encima de la cama y otros en el suelo con el colchón, no preguntaba pero qué orgullosa estaba de mis padres, siempre tenían para todos, y por lo que yo veía a nosotros comida no nos faltaba.
Las cosas en el trabajo de mi padre no podían ir bien, ¿por qué? Me preguntaba, mi edad no podía comprender tanto trabajo, tanto entrar y salir gente de casa, y lo bueno es que mi padre cuanta más gente había le pasaba lo que a mi madre, se ponían más contentos, la gente los quería mucho y el nombre de Ignacio Beltrán se repetía mucho para bien, poco a poco me enteraba de cosas bonitas, por ejemplo; el día que vino una señora para darle un regalo y las gracias porque su marido ya encontró trabajo, como siempre me preguntaba ¿y cómo encuentra trabajo a los demás?.
Volvió a suceder, me desperté y se repitió la escena, mi padre entrando despacio para no despertar a nadie y mi madre con mucho amor llevándolo a la cama.
- “Chis”, los chicos duermen
- Despacio por favor, me duele mucho el costado
- ¡Cuándo acabará esto!
- No lo sé Isabel, pero tengo que descansar para seguir trabajando, hay mucha gente que nos necesita.
Fue lo último que escuché, seguía sin comprender, mi cabeza
pequeña no encontraba razones pero las había, pensé en hablar otra vez con mi hermano Ignacio, así que entré en la habitación y lo encontré acostado pero despierto.
- ¿Ignacio duermes?
- No pero vete a tu cama y haz lo que te dije como si no pasara nada ¡obedece!
- Bien me voy, pero ya hablaremos que tengo sueño.
Pasaron meses, y más meses, ni mi hermano retomó la conversación, ni yo le pregunté nada, bastante tenía con la “raíz cuadrada”.
¡Vacaciones por fin! El curso había sido muy duro para mí, pero como todo tiene su recompensa las notas fueron muy buenas.
Cuantas travesuras, cuantas cosas que contar a nuestros padres (pero no las contábamos) nuestra pandilla era muy buena y lo más importante, nos queríamos mucho.
Ese verano ocurrió algo muy desagradable, uno de los amigos del grupo enfermó, estuvo sin bajar a la calle mucho tiempo, nadie decía nada de lo que tenía solo que “está enfermo” y nosotros íbamos a su casa a preguntar pero sus padres nos decían siempre lo mismo, así que seguíamos con nuestros juegos para que pasara el tiempo y no pudiéramos pensar en él.
Creo que dejamos de ser “niños” el día que nos comunicaron su muerte, en ese momento lo que más cerca teníamos era la pared, así que, contra ella nos fuimos, patadas, puñetazos, gritos, lloramos tanto que nuestras madres no sabían qué hacer con nosotros, al final no teníamos ganas de jugar, todo nos recordaba al amigo que no volvería, era tan alegre y feliz que parecía querer vivir aprisa, lo mismo que se fue.
En Septiembre empezó el curso, tenía ganas, el verano no fue alegre y el colegio para mí era algo especial, tenía unas ganas locas de aprender.
Por eso trataba de comprender, siempre estaba preguntando, las hermanas decían ¡Rosa! espera que todavía no hemos llegado a esa
Parte, cuanta curiosidad, cuanta imaginación le ponía a todo, lo que más me gustaba era hacer redacciones (me las inventaba todas) las hermanas decían; “redacción de vacaciones ó viajes” como no viajaba ni tenía vacaciones, pues allá iba mi imaginación, contaba cada mentira que se las creían, y luego me decían, ¿qué bien lo habrás pasado? Ja, ja, ja, me lo pasaba inventando.
Vivía en un cuarto piso, me encantaba asomarme para ver a la gente pasar, algunos con mucha prisa, otros despacio, y a los novios besarse a escondidas, si, si, a escondidas (los veía la niña del cuarto piso) disfrutaba mucho por su felicidad, mis padres me decían que la gente más rica del mundo es la que sabe dar sin esperar nada, lo entendía porque mis padres todo lo daban y por eso eran felices.
De nuevo las noches de ruidos, estaba acostumbrándome a obedecer a mi hermano y ya ni me levantaba mirar, a veces me dormía tranquila, pero otras, alguna lágrima tuve que limpiar de mi cara.
Un domingo estábamos comiendo y miré a mi padre, estaba serio, como cansado, entonces fui directa.
- Papá que te pasa, hice algo mal.
- No que va cariño, cosas de mayores no te preocupes.
- ¿Pero si tienes la cara oscura? no te has lavado.
- Si claro, fue un golpe que me di eso se cura.
- Bueno si se cura está bien, porque así parece que estás sucio.
- Venga come, hoy tendremos visita.
- ¡Visita! ¿De quién? - mi madre como siempre callada -
- Vendrán unos amigos míos, necesitan que les ayudemos en lo que podamos, pero no más preguntas.
Ese día me callé, pero me daba cuenta pasito a pasito que yo crecía empezando a ver cosas que sí comprendía a medias, - por el momento no preguntaría más -
De nuevo gente en casa, los hombres hablaban entre ellos y las
mujeres igual, nosotros a jugar, pero jugar tanto no me gustaba, prefería perderme entre la gente de casa para poder enterarme de algo, pero ese algo eran “sus cosas” como decía mi padre – Rosa -, vete que estamos hablando de “nuestras cosas” obedecía pero mi oreja no descansaba, ya estaba cansada de ver tanta gente entrar y salir, un día que podía estar con mis padre y ¡hala! a comer, hablar de sus cosas y yo a mirar y callar como hacía mi madre, eso no estaba mal porque mi madre no se quejaba, pero yo no era igual, había cambiado ¡vaya si había cambiado! Poco a poco pondría las cosas en su sitio (eso pensaba yo, ilusa de mí).
Un día hablaba con mi madre y la encontré tranquila, por eso no me pude aguantar (creo que fue la primera vez en hablar en voz alta) ¿y porque tiene papá y tú que hacer cosas para los demás? nosotros no vamos a las casas por la noche.
- Rosa, te vas haciendo mayor y eso es bueno, pero cuando entiendas un poco más a los mayores no te pondrás de esa manera
- ¡Entender, que es lo que tengo que entender!
- Rosa, no grites tu padre nos puede oír y el sufre mucho.
- Claro sufre por los demás, ¿pero Ignacio y yo que hacemos? Callar, callar y seguir callando..
- Termina cariño, ven aquí conmigo, esta tarde la dedicaré a ti ¿quieres?
- No, estoy enfadada.
A partir de ese momento algo cambió, me miraban de otra manera ya no me decían niña, ni pequeña “Rosa a secas” se dieron cuenta que estaba creciendo noche tras noche y me daba cuenta de los “ruidos por la noche” no me importaba iba a cumplir 12 años y ya empezaba a preguntar queriendo respuestas (pues no me callarían si no me las daban.)
La puerta se abrió, y esta vez tuvo que ser mi hermano quien ayudara a mi padre, me asusté tanto, que mi cabeza pasó toda la noche debajo de las mantas.
Por la mañana me desperté y encontré a mi padre en la cama, entré y le pregunté si le pasaba algo.
- Necesito descansar, no me encuentro bien vete al colegio que cuando vuelvas estaré esperándote y haremos la deberes juntos, dame un beso.
- Papá, hoy también tienes la cara oscura, - le dije muy triste –
- Sí, está oscura, pero también te dije que eso se cura, venga obedece y vete al colegio, ya tengo ganas de tenerte aquí de nuevo.
Ese día mi marcha al colegio fue muy diferente, iba despacio como sin ganas de llegar, porque pensé que mi sitio ese día estaba en casa con mi padre.
Pasaron las Navidades, Reyes, y vuelta a lo de siempre, aunque mi comportamiento nunca volvió a ser igual, arreglaba la casa con mi madre, iba a la compra con ella y poco a poco me trataban como en lo que me estaba convirtiendo una persona mayor (no me sentía mayor) creo que no les gustaba nada que empezara a tener mis propias ideas sobre lo que pasaba entre la gente que me rodeaba.
los amigos también se hicieron mayores y los juegos no eran los mismos, los chicos hicieron un grupo, y las chicas también el nuestro, pero los chicos empezaron a separarse entre ellos, en cambio las chicas seguíamos igual pero con una diferencia, nos gustaba cambiarnos la ropa entre nosotras, nos partíamos de risa, ¡¡mira que estaba fea con las faldas de las demás!!, bueno ese fue nuestro primer paso hacia la adolescencia, hablábamos de chicos, de las pelis del cine, nos comprábamos pipas y éramos capaces de comer toda la tarde del domingo hasta que nos dolían los labios.
Cada día pasaba algo nuevo para mí, pero ya no reaccionaba como antes, siempre temerosa esperando que la noche llegara con sus ruidos.
Ruidos que tanto me atormentaron en mi niñez, ahora veo las cosas de diferente manera, cuando llegan las noches, no me levanto, no pregunto a mi hermano, no, sé la respuesta.
Mi padre no cambiaría su manera de actuar porque él era así, he intentar cambiar las cosas no podía, el tiempo diría como tendría que solucionarlo teniendo las cosas más claras todavía.
De nuevo la nieve con sus reflejos, porque si te fijas bien la nieve brilla (eso lo descubrí de pequeña) tiene lucecitas hasta que la magia desaparece entre las manos dejándolas muy frías.
Mi hermano Ignacio por fin decidió hablar conmigo, pero no esperaba que fuera de esta manera, haciéndome sentir ser más adulta de lo que yo imaginaba.
- Rosa, podemos hablar un poco los dos.
- Bien dime, ¿ya me ves? Como últimamente casi ni me mirabas.
- Venga no te pongas así, es muy importante lo que quiero decirte.
-¿A si? ¿Tienes novia, te vas de casa? ó será que mi conversación ya te gusta.
- ¡Cuánto has cambiado! Me gusta verte como te desenvuelves en algunos campos.
- Piensa que termino mis estudios este año, se tiene que notar, pero dime es tan importante…
- Bueno verás, se que lo has presenciado, se que ni me preguntas y es por eso que quiero decírtelo, es papá… está muy mal y los médicos no tienen muchas esperanzas con él, aparte que no quiere dejar de trabajar ya que es muy joven todavía, esperemos las próximas pruebas.
- Ignacio llevo tantos años viendo como se mataba poco a poco a trabajar para los demás, ¿crees que todavía me escondo detrás de la puerta? Ya no me escondo, y después de lo que acabo de escuchar de tu boca menos todavía, tu y yo vamos hacer un trato ¿lo aceptas?
- Qué trato, me das miedo, mucho miedo, de ti espero cualquier cosa, dime.
- Como te dije dejaré el colegio dentro de unos meses, pues bien, cuando papá tenga que “trabajar” por las noches me llevarás contigo y él se quedará en casa.
- No Rosa eso no puedo hacerlo.
- ¿Cómo que no? Tú lo estás haciendo por él para que se quede en casa por las noches – ya te dije que no me escondo – me entero de todo.
- ¡Chica lista! Entonces sabrás que es peligroso.
- Pues claro, ya va siendo hora que empecemos ayudando un poco, ¡ha! El peligro no me asusta, creo que me va a gustar ¿hay pacto?,
- No tengo alternativa, esperemos que des la talla, jajaja.
- Como te rías de mí te acordarás para siempre de tu hermana.
De esta conversación mi madre no se enteró, queríamos que estuviera al margen de lo todo lo que teníamos entre manos, poco a poco mi hermano fue preparándome por si me necesitaba y durante ese tiempo maduré en todo, empecé a ser crítica, tener ideas propias, cambiaron mis prioridades en la vida con tanta rapidez como pasó el tiempo en que mi hermano me dijo: Rosa, esta noche vendrás conmigo.
Mentiría si dijera que no tenía miedo, porque sí lo tenía, cuando me vi caminar por la carretera de la mano de mi hermano fui siendo consciente de lo que arriesgaba, pero me sentía comprometida con él.
Nos adentramos en la montaña hasta llegar a una especie de casa (porque no tenía ni puertas) sin luz y a tientas entramos, cuando mi hermano dijo: ¡estáis ahí!
- Sí, sí, pasar.
- Cómo va todo, alguien ha venido.
- No, pasaron por aquí pero no nos vieron, estoy preocupado por mi mujer está a punto de parir y al niño pequeño no le queda leche.
- Aquí os traemos algo, en cuanto a tu mujer no te preocupes, ahora la llevamos a otra casa para que la atiendan, pero tú no te muevas y cuida del pequeño, nadie debe saber que estáis aquí.
Me dolían los ojos de tanto abrirlos, para ver lo que pasaba, pero la oscuridad me lo impedía (mejor, así no me veía mi hermano), llevamos a la mujer a otra casa más o menos igual pero habían tres mujeres y sabrían que hacer cuando llegara el momento, al bajar por la montaña tuvimos que escondernos al escuchar un ruido, eran vigilantes, por tanto nos desviamos y seguimos nuestro camino a casa.
- Rosa ¿cómo estás?
- Bien, pero muy cansada hoy la cama me sabrá a gloria.
- Te vas haciendo a la idea de todo.
- Si, era lo que me imaginaba, nuestro padre a estado media vida ayudando a la gente a esconderse de “alguien” y también a quien no tiene dónde dormir porque no pueden volver a sus pueblos, ¿es eso?
- Claro no podría explicártelo mejor.
- Me vendré otro día, no me gustan las injusticias y pienso que nuestro padre ya no está para esto, necesita descansar para seguir con su lucha.
Pasaron meses y no necesité irme con mi hermano, mientras el tiempo pasó, y con el curso terminaron años de alegrías y penas, mucho fue lo que dejé en el camino, por ejemplo mi inocencia, el precio fue muy alto, la niña se convirtió en una mujer que había madurado a base de sufrir en silencio y tragándose las lágrimas de unos “ruidos” que no quería escuchar.
Una noche como siempre (porque seguí acompañando a mi hermano) subimos a la montaña, no nos dio tiempo a llegar a nuestro destino, en medio de la oscuridad salieron dos hombres en nuestra búsqueda, me di cuenta enseguida y tuve tiempo de esconderme, pero mi hermano ni se enteró, lo cogieron y sin preguntar le dieron una paliza, cuando se fueron salí en su ayuda ¡no! - grité,- como pude lo saqué a la carretera y emprendimos el camino a casa.
Llegamos muy tarde, me preocupaba mi madre cuando viera a mi hermano, pero al llegar no sabía lo que me esperaba, la puerta de casa estaba llena de gente que al vernos nos hicieron paso, subimos todo lo aprisa que pudimos las escaleras (algo pasaba) entramos en casa y lo comprendimos todo.
Como explicar todos los sentimientos enfrentados en ese momento por nosotros, mi padre durante nuestra ausencia había muerto, y mi madre estaba sola, nos sentimos culpables aunque, veníamos de hacer algo de lo que mi padre se sentía orgulloso, hacer el bien sin fijarse en quién, de ahí nuestro coraje y al mismo tiempo mi manera de pensar y actuar durante toda mi vida.
Se celebró el entierro en silencio, había mucho respeto por el nombre de “Ignacio Beltrán” todo el pueblo estaba presente, por mi parte no, yo estaba ausente, dentro de mi pena no cabía nadie. A partir de ahí se despertó una rabia que no era buena pero viviría con ella, mi madre era en estos momentos quién más ayuda necesitaba, se la dimos, en ningún momento nos separamos de ella.
Dejé pasar unos meses hasta ver a mi madre como poco a poco recuperaba fuerzas, mi hermano siguió con sus salidas “digno hijo de su padre” pero yo no.
Cuando cumplí veinte años decidí hablar con ellos y contarles mis planes.
- Mamá, Ignacio, he decidido irme a la ciudad, creo que aquí no tengo nada que hacer aparte de estar con vosotros, no preocuparos hay trabajo en unos almacenes dónde tengo una amiga que habló a sus jefes por mí y están esperándome.
- Rosa lo pensaste bien?
- Si mamá, aunque os diré que más bien escapo de aquí, intentaré olvidar las noches, las lágrimas, pero nunca se olvidan nuestras raíces.
- Te entendemos y te doy las gracias por la ayuda que recibí de ti cuando te necesitaba – dijo mi hermano -
- Vamos Ignacio, que vuelvo pronto, el tren lleva a muchos sitios.
- No llores mamá, no lo hagas más difícil.
Cogí la maleta y salí corriendo por las escaleras, sabiendo que llevaría “los ruidos” siempre conmigo.